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Cómo Dios Transformó mi Vida PDF Imprimir E-mail

Cuando ya no queda más que hacer, Jesús toma tu vida para transformarla. Te da la oportunidad de amarlo, de conocerlo, pero sobre todo él espera el momento para demostrar de lo grande que su amor por ti.

 

 

Mi oficio era rupturista y pintor; y era el típico hombre machista, esclavo de su trabajo, poco sociable, rencoroso, vengativo, peleonero, mujeriego, mal pensado, celoso, pero lo peor de todo es que era un cobarde. ¿Por qué lo digo? Porque golpeaba mi esposa y a mis hijos, sin motivo alguno. De todos modos, a veces mi esposa me decía que preferiría que la golpeara, ya que mis palabras dañaban más. La gente que me conocía creia que yo era una persona muy trabajadora y buen ser humano. En lo primero no se equivocaban, pero en lo segundo estaban muy lejos de saber cuál era la realidad. Como hijo, quiero a mi mama, pero muy pocas veces convivía con ella y mis hermanos.

Un hecho y cambió mi vida

El domingo 18 de diciembre 2005, mi familia y yo fuimos a casa de mi madre. Ese día mi sobrino, mi hijo y yo íbamos a pintar la fachada de la casa. Mientras pintamos, mi esposa y mamá preparaban la comida para pasar un domingo en familia.

Empecé a pintar la parte exterior de abajo. Mi sobrino y mi hijo pintaban los recortes, ya que yo usaba un rodillo y un tubo de extensiones. Subí a la planta alta con mi hijo para pintar la parte exterior de arriba; los cables de electricidad pasaban cerca de donde iba a pintar. Bajé el tubo del rodillo con cuidado, pero en cierto momento me distraje y subí el tubo un poco más alto. Sentí como la corriente jalaba al tubo, parecía un imán hasta hacer un contacto fuerte. Empecé a electrocutarme. En ese momento se me contrajeron los tendones y los huesos, se me cerraban los ojos y nada puede hacer porque quede atrapado por la electricidad. Después supe que habían sido 13.000 voltios.

En ese momento me acordé de Dios y le implore mentalmente que me ayudará. Sentí como unas manos muy suaves me separaban del tubo con el que me estaba electrocutado y, al quedar libre de la electricidad, sentí que caía lentamente en un abismo muy oscuro. Abrí los ojos porque sentí un sabor a sangre en mi boca, me había lastimado la quijada, porque caí un piso más abajo sobre el techo en la casa de un vecino. A un costado estaba mi sobrino que brincó desde donde caí para ayudarme, pero se había lastimado el tobillo. Me dijo que estuviera tranquilo. Mi esposa también brincó desde un balcón para estar a mi lado, arriesgándose a electrocutarse con los cables que estaban más abajo, o a sufrir una caída. Se me acerco espantada; le dije que estaba bien y que fuera con mi mamá para calmarla.

Cuando me llevaban en la ambulancia, lo único que había en mi mente era agradecimiento me hospitalizaron porque tenía quemaduras de primer y tercer grado en ambas piernas y los dedos de los pies, así como orificios en los dedos de las manos y en la axila izquierda.

Al día siguiente, después de que me habían examinado completamente, le dijeron a mí esposa y a mi familia que yo iba a perder las manos, ya que no había signos vitales en los antebrazos y manos, los tendones estaban quemados. Tome las cosas con calma y en ningún momento me desespere y ni le reclamé a Dios. Al día siguiente me amputaron las manos.

Cuando llegó la hora de la operación, me llevaban en la camilla al quirófano, mi esposa caminaba a mi lado. Al entrar al lugar, me sentaron en una silla especial, como si me fueran a cortar el cabello, y me acercaron unas lámparas grandes. Al despertar de la anestesia, ya no tenía manos. Iba a estar en el hospital 15 días para que me dieran de alta, pero debido a mi estado de ánimo, los doctores me felicitaron y salí alos cinco días. Pensaba que el 24 de diciembre lo iba a pasar en el hospital, pero gracias a Dios estaba vivo y podía estar con mi familia.

Acepté a Jesucristo

Los primeros tres meses en mi casa me curaban todo los días las piernas, pero era muy doloroso y angustiante, pero yo era una persona muy activa a la que le gustaba mucho el deporte y hacer ejercicio, así que fue una prueba muy grande. Varias veces pensé en suicidarme. Lloraba y dije a Dios, Señor, no permitas que te ofenda.

A siete meses del accidente llegó a visitarme ni amigo Pedro, quien se había enterado de mi situación. Le platiqué todo y él me dio mucho ánimo, me habló de Dios y me invitó a recibir estudios bíblicos de la iglesia adventista. Pasaron unos días y llegaron a visitarme las hermanas Martha y Esther, después las hermanas Irene y Silvia. Conforme pasaban los días, a mi vida empezó a cambiar; ya no pensaba en el suicidio, no me desesperaba y empezaron a llegar bendiciones a mi casa. Me tuvieron que llevar a la ciudad de Mérida para qué me quitaran piel de la pierna que estaba más sana, para ponérmela en la pierna que tenía quemaduras de tercer grado. El tratamiento era necesario. Estuve dos meses en la ciudad, poco a poco mis heridas sanaron. Las hermanas continuaron con nuestros estudios bíblicos, algunos ministros nos visitaron.

Ya había decidido bautizarme, pero no en ese momento, pues todavía no podía caminar bien. Me iba a bautizar cuando pudiera caminar, se lo había prometido a Dios, en agradecimiento por salvarme. Un día llegó Pedro a buscarme por indicaciones del pastor para que me llevara a bautizar. Le dije que todavía no podía caminar, pero sentía que algo presionaba mi pecho, como si mi corazón no cupiera dentro; dije a Pedro que estaba bien, que todo fuera hecho en el nombre de Dios. Al llegar a la iglesia pedí a Pedro y a las hermanas que me dieron estudios que me acompañaran. En ese momento sentí fuerza en mis piernas y lo increíble fue que entré caminando. Di mi testimonio y después de bautizarme desapareció esa opresión que sentía en el pecho.

Ahora estoy en comunión con Dios, aprecio a mi esposa, a mis hijos, a mi mama, a mis hermanos y sobrinos, y a todos mis nuevos hermanos. A pesar de que no tengo manos, ¡soy feliz, con la nueva vida que Dios me ha dado!, porque Jesús esta en mi corazón, podre estar mutilado de mis manos, pero no de mi corazón., si tu quieres cambiar, entrégate a Jesús y el te va a cambiar como me cambió a mi, ¡No te tardes, abre tu corazón a Cristo!

 

 

Escrito por: Martin Lozada Fernández

Tomado de la revista: Expresión Joven 2008

 

 
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