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Es de noche ya. Hemos terminado el estudio de la Biblia y entonces me aborda. Sus ojos denotan tristeza y agobio. Sabe que ha fallado en más de una ocasión, que ha causado oprobio a los suyos y que ahora debe lidiar con su vida prácticamente solo. Tiene apenas 19 años. Su rostro denota cierta ilusión aunque también muchos fracasos.

Después de haber conversado unas tres horas me ha contado su situación. Su fracaso empezó cuando sus amigos le insistieron para que fumara, ingiriera alcohol y después se drogara. Su vida dio un vuelco total. Tres años después de la devacle vive en un albergue de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos. Ahí es donde le he visitado.

 

Tres horas de conversación bastaron para saber cuánto puede caer el ser humano ante las garras de Satán, pero también cuánto puede hacer Dios para restaurarnos.

 

Le cuestioné sobre diversas cosas. Él me contó muchas más. Me habló sobre el día cuando le robó dinero a su hermano para comprar una dosis de cocaína, sobre el día cuando le gritó a su madre que dejara de molestarlo, sobre el día cuando decidió que lo mejor era fugarse de su casa para ir a donde le entendieran mejor.

Pero también me habló sobre el día cuando llegó a un centro de rehabilitación, cuando le dijeron que debía leer la Biblia, cuando empezó a encontrar a Jesús, cuando algunos hermanos llegaron para enseñarle. Me habló de cómo Cristo había cambiado su vida, de cómo saber que había alguien que le amaba le daba sentido a su existencia.

Tres horas de conversación bastaron para saber cuánto puede caer el ser humano ante las garras de Satán, pero también cuánto puede hacer Dios para restaurarnos.

El sábado pasado presencié el bautismo de Luis. Una ceremonia sencilla en el albergue. Entre las cuatros paredes del recinto, junto a sus compañeros caídos, pero con un corazón listo para ser entregado a su Maestro; sin tanto protocolo, pero con la bendición del Espíritu Santo; sin ropas ostentosas, pero sí con un corazón ataviado para Cristo Jesús.

Esto me dejó pensando en la gracia del Señor. En cómo buscará el medio para rescatarnos, en cómo estará al pendiente de nuestras debilidades y en cómo si tan solo lo pedimos, Él llegará a nuestro auxilio.

Gracias Luis por recordarme que la gracia del Señor existe. Gracias Dios por recordarme que tu gracia es completa y genuina.

Busca primero el reino de Dios... Lo demás es lo de menos.

Ptr. Raúl Hiram González del distrito de San Andrés de la Asociación Veracruzana del Sur


 


 
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