"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice á las iglesias. Al que venciere, daré á comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios." (Apocalipsis 2:7)
Termina febrero y todo vuelve a la normalidad, el tan esperado y aclamado día del amor y la amistad finaliza, y las emociones a flor de piel, se apagan una vez más, las promesas se congelan,y los tiernos corazones ilusionados vuelven a sus romances rutinarios, pero hay algo que nunca, nunca se apaga, y ese es el AMOR.
En un retiro espiritual de jóvenes, el pastor encargado de los seminarios me preguntaba el significado de dicha palabra. Apenas y lo pensé unos segundos, no quería dar una respuesta trillada, pero era la que tenía en mente y considero la adecuada, el amor es un don de Dios.
“No puedo dormir, la culpa me acosa, por las noches despierto y siento que el enemigo se burla de mí, escucho pasos, mi corazón late, recuerdo un salmo, trato de repetirlo, pero mis labios no atinan a pronunciar palabra, me desespero, vuelvo a la cama… y por la mañana abro mi biblia, busco mi lección, trato de leer, pero no puedo, ya no hablo con Dios, me siento perdida, no soporto más, ya no se qué hacer, ya no hay marcha atrás, ya es demasiado tarde…”
Comenzó el año, las ilusiones, los sueños estaban a flor de piel, la esperanza de ver algo nuevo surgir, la certeza de que todo estaba bien y que seguiría así, pero la realidad era otra, nada estaba bien; tomé una caja, la forré, y con satisfacción la titulé “Mi caja de peticiones”. Y mi primera petición allí estaba, me aseguré de ser clara con Dios, yo deseaba algo, y confiando en sus promesas, seguro que respondería satisfactoriamente; y una vez más me equivoqué. Confié en mi intuición, en vez de confiar en la voluntad de Dios.
Cometí errores, fallé una y otra vez, fui escribiendo cada página de mi vida, con la tinta que yo misma fabricaba, dejé de pedir la opinión del escritor experto, y al finalizar el capitulo, comprendí que solo eran hojas y mas hojas, sin sentido, vacías y huecas, me desesperé, imploré, sentí que el tiempo se agotaba, quise empezar de nuevo,ya era demasiado tarde, quise borrar todo pero fue imposible.
Es posible que el titulo parezca cliché, sin embargo, quise emplearlo por ciertas razones muy poderosas. Hace días tuve la oportunidad de firmar como testigo en el enlace matrimonial de dos seres amados; parecían ser hechos el uno para el otro, como tomados de la escena de una película romántica; tan perfectos, tan emotivos, tan enamorados. Y es que para haber llegado a este punto necesitaron una sola cosa “Poner su relación en las manos de Dios”.
Tuve la oportunidad de verles tantas veces juntos, pude ver el crecimiento espiritual que ambos tuvieron, pude ver el amor puro y limpio brotando de sus ojos cuando se miraban, pude ver las oraciones que tomados de la mano elevaban a Dios agradeciendo por sus alimentos, pude ver tantos cambios en su vida, pero sobre todo, pude ver cuán prescindible fue Dios en esa unión.